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viernes, 6 de septiembre de 2013

TUPAC (Primera parte)


 Foto Tiguaz

De las Antillas del Sudeste, partió la flota del oro con destino a España con su pesada y preciada carga, oro, plata, maderas preciosas y todo tipo de gemas y demás tesoros para en el año 1699,  arribar a la ría de Vigo en  el mes de Septiembre de 1702
 Estaba compuesta por diecinueve galeones españoles  bajo el  mando del admirante Manuel Velasco y gracias a los acuerdos  con Francia, escoltados por veintitrés navíos de guerra del antedicho país al mando del Conde de Chateaurenault.
Mantener tal número de navíos agrupados, dadas las características de cada uno, su propio peso y su diferente carga, era harto difícil, si a todo esto añadimos que una armada completa de corsarios ingleses y holandeses navegaba casi a su estela, aumentaba en sobremanera las ya por si complicadas circunstancias.
El Santo Cristo de Maracaibo, con sus cuarenta cañones y capitaneado por el insigne y avezado marino Vicente Alvarez,  marcaba la estela a seguir del resto de la flota.
El castillo de popa, a pesar de las incomodidades propias de tan larga estadía, sin duda alguna era el lugar más confortable  en el que se albergaba el anteriormente citado Capitán y la hermosa Tupac, su querida compañera.
Era la indiana una hermosa mujer de pelo negro y piel tostada  hija de un cacique tribal que cautivara con sus encantos a Vicente, habiendo sido raptada por este, la noche anterior a la partida de las islas antillanas.
A pesar de la brisa que la mar generosamente esparcía y la buena ventilación del castillo de popa, el calor y la humedad se tornaban insoportables. Si a todo esto añadimos el balanceo constante de la embarcación y la extraña sensación que produce el líquido elemento además  del tiempo que se estimaba de arribo a puerto, podría decir sin temor a herrar que desesperante.
La tripulación, entretenía su tiempo en las labores propias de mantenimiento del navío, repasando el cordaje y distrayéndose con los típicos juegos de azar propios de la marinería.
Las noches, las largas noches, daban bajo la atenta mirada de la luz de la luna, para relatar las más estremecedoras aventuras que imaginar pudieran alimentadas  si cabe por el abundante ron que sin apenas control, corría por la nao.
Aquella noche, negros nubarrones envueltos en desasosegado viento barrían la desierta cubierta.
Una fina llovizna a intervalos más fuerte limpiaba el salitre que el agua marina había depositado sobre la seca madera.
El típico chirriar de la estructura del barco y el bronco romper de las olas  contra la proa, se escuchaba incesantemente como si de una melodía finamente orquestada se tratara.
De improviso, la luz que iluminaba tenuemente la estancia, desapareció como queriéndose  trasladar, portada por alguna mano invisible, hacia otro lugar de momento desconocido.
La puerta que deba acceso del Castillo de popa  a la primera cubierta se abrió de pronto.
Tupac, sujetándose a la cuerda que hacia de pasamanos abandonaba el último peldaño. La luz que desprendía el candil iluminó su cara.
Poco a poco, su negra melena se impregnaba de aquel regalo de Neptuno al que Eolo contribuía a esparcir.
Respiró profundamente tratando de llenar los pulmones de fresco aire al tiempo que inclinaba su grácil cuerpo hacia atrás. El mas  claro rayo de luna, el destello más puro dio todo su esplendor con su calida caricia a tan bella escena.
De entre al montón de cuerdas arrimadas a la borda, una sigilosa figura hizo su aparición.
Solo tuvo tiempo de girar sobre sus talones para ver como se abalanzaba hacia ella. Se trataba  de un ebrio marinero que amparado por la noche, trataba de abrazarla.
De su cintura surgió una daga que describiendo un limpio círculo le rebanó el cuello. Una sutil maniobra, obró el resto. El sordo ruido de un cuerpo estrellándose contra el agua no demandaba más explicaciones.
Pausadamente como si nada hubiera sucedido, desanduvo sus pasos.
Casi de amanecido, entre la bruma, la inconfundible silueta de las Islas Cies, se dibujaban  al fondo.
El estrecho paso que a fin de cuentas tendrían que sortear, hacía imprescindible que toda la tripulación permaneciera en estado de máxima alerta.
El calado, no ofrecía seguridad alguna, por lo que ere necesario dejar a estribor la Isla de Faro entrando así por el borde de babor de la conocida por Isla Norte, hacerlo de otra manera, casi con toda seguridad provocaría el naufragio.
Un insistente toque de campana, despertó a la tripulación que en aquel momento no estaba de guardia. Un continuo  ir y venir de hombres aun adormilados, correteaban desordenadamente por cubierta. El arriado de velas que no tenía otra finalidad que reducir la velocidad del bergantín, se realizaba con premura. Solamente los foques permanecían hinchados por el viento de tierra.
Todas las miradas se dirigían al puente queriendo localizar al Capitán que extrañamente no ocupaba su puesto. En su lugar, el Contramaestre dirigía la arriesgada maniobra, mientras el timonel, Amancio de Ojea, hacia virar la nao casi en redondo atendiendo sus instrucciones.
Los foques, al amparo de las islas, perdían viento paulatinamente. A  muy poca distancia,  podía observar el vigía que hacia su turno en la cofa sin dificulta alguna, como un navío de mucha  menor envergadura se les aproximaba velozmente. Por su porte y el tipo de velas, sin duda alguna se trataba del Sanjuán, barco auxiliar, artillado con ocho cañones y muy marinero  que dado su poco peso y su escasa carga, lo alcanzaría en un corto espacio de tiempo. El joven y avezado capitán Rodrigo de Gavael, ostentaba el mando en premio a los importantes servicios prestados con anterioridad bajo las órdenes de Vicente Alvarez.
Por la amura de estribor, tal como lo aconsejaba el viento, el San Juan abordó a su compañero de viaje, un poco más rezagado el Nuestra Señora de las Mercedes hacia su aparición.
Un leve sonido apenas imperceptible, fue toda  la señal de que ambos estaban perfectamente aparejados.

EN LA DESPENSA (Serventesio) 

Hoy guardo tu sonrisa en la despensa
mezclada con distintas sensaciones,
bien me arropa y la siento tan intensa
que puede resultar como abstracciones.

No  sabría decir que estantería
va haciéndole  función casi de cuna
por si quiere dormirse en este día
cubierta por los rayos de la Luna.

La veo y  me parece un tanto arcana
con ese resplandor que la ilumina
pudiendo ser un trozo  de la rima,

tal vez esa caricia de manzana.
Te miro, me embelesas de mil formas
destrozas cada modo de  mis normas.

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