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jueves, 24 de septiembre de 2009

ALONDRA




Alondra que vuelas alto
repite tu aletear
para que el viento del Norte
acompañe tu volar
hasta mi nido de amores,
hasta este bello lugar
donde aguardo tu llegada
para poder contemplar
la color de esos tus ojos,
el sabor de tu besar
de mis labios en los tuyos,
y ese dulce suspirar
que me suena, quien lo sabe,
a música celestial.

ROMPIENTES


ROMPIENTES

Si en la playa nos vemos una tarde
cuando el Sol ya cansado se retire
recuerda el advertirle, no lo olvides
regrese en la mañana a calentarte.

Si su luz mortecina, rojo intenso,
entre nubes coquetas te acompaña
piensa amiga, que ya pronto se avecina
luz de Luna para hacerte fiel compaña.

Así cántale mil nanas al Planeta
que contrasten con el faro de colores
por marcarte rompientes de arrecifes
que de bronco sonar, sueñen amores.

Ya te espero esta tarde, aquí, en la playa.

PUESTA DE SOL


PUESTA DE SOL

Me levante muy despacio sin hacer ruido para no despertarte.
Dormías placidamente con tu cara de ángel después de haber realizado los deseos carnales que tanto habíamos soñado.
Sigilosamente me vestí. Un chubasquero, mis raídos vaqueros, las sandalias en las manos para calzarme después, era toda mi indumentaria.
Me acerque a ti, con suma suavidad bese tu cara de ángel.
Muy despacio abandoné la habitación después de observarte unos segundos desde el umbral de la puerta.
Salí a la calle, me calce en el porche.
Enfilé el camino de la playa; aún no lo había alcanzado, y le leve brisa de la mar, refrescaba la piel que aun guardaba el calor de tus besos.
Me descalcé para poder sentir en mis pies la fina arena, tan suave como las manos que me habían acariciado esa misma noche.
En una mano las sandalias, en otra el chubasquero; comencé a caminar sin rumbo fijo, absorto en mis pensamientos rememorando aquella tarde de amor y deseo desenfrenado.
Comencé a sentirme cansado, mire hacia atrás, no se veía a nadie, solo mis huellas en la fina arena como recordándome el camino de vuelta.
El sol empezaba a esconderse. Quise quedarme en aquella cala de arena más blanca y fina.
Mis pies a cada paso se hundían más y más, como si quisiera que fuese parte de ella.
El sol radiante de un color rojo intenso semejaba el horizonte quemándose.
Quise contemplarlo unos minutos sentándome en la orilla. La mar en calma, la brisa marina que lentamente acariciaba mi rostro me recordaba como la habías acariciado la primera vez que nos vimos.
En el horizonte, las gaviotas revoloteaban sin rumbo fijo, parecían estar despidiéndose del mismo sol.
Disfruté aquel espectáculo intensamente hermoso a la vez que dibuje un corazón en la arena con una enorme tristeza ya que sabía que era la primera y la última vez que estaríamos juntos.
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